Fotógrafo marino pierde su cámara a manos de un pulpo

Esta no era la primera vez que un ladrón de ocho brazos me atracaba. Años atrás otro pulpo curioso robó el anillo de bodas del dedo de mi esposa

El pulpo alcanzó a disparar algunas tomas y esto fue lo que captó.

dom 28 de abril de 2024 a las 17:29

Por Craig Foster / The New York Times

El día que me asaltaron bajo el agua me regalaron una nueva forma de ver. Había estado filmando criaturas que vivían en el Gran Bosque Marino Africano frente a la costa de Sudáfrica hace más o menos un año cuando una joven ladrona pulpo me arrebató la cámara de las manos. Envolviendo sus brazos alrededor de su botín, se lanzó velozmente en reversa por el lecho del mar.

Esta no era la primera vez que me encontraba a merced de un ladrón de ocho brazos. Un par de años antes, otro pulpo curioso robó el anillo de bodas del dedo de mi esposa y nunca lo recuperamos. A los pulpos les encantan las cosas novedosas y brillantes. Escudriñando sus guaridas he encontrado aretes, pulseras, bujías, lentes oscuros y un coche de juguete con un cilindro giratorio que el pulpo hacía girar con sus ventosas.

Mientras me preguntaba cómo recuperar mi cámara sin alarmar a mi joven amiga, sucedió algo sorprendente. Giró la cámara y comenzó a filmarnos a mí y a mi compañero de buceo.

Las imágenes que capturó —videos de sus propios brazos sobre la lente de la cámara con nuestros cuerpos de fondo— tuvieron un efecto profundo en mí. Después de muchos años filmando pulpos y cientos de otros animales que habitan en el Bosque Marino, por primera vez estaba viendo el mundo —y a mí mismo— desde su perspectiva.

Debimos haberle parecido extraños con nuestras máscaras y nuestras linternas submarinas. Pero en ese momento recordé que a pesar de toda nuestra tecnología, no somos tan diferentes de nuestros parientes animales. Cada bocanada de aire, cada gota de agua, cada bocado de comida proviene del planeta vivo que compartimos.

Acaba de pasar el Día de la Tierra y me siento tentado a preguntarme cómo puede la humanidad salvar nuestro planeta silvestre y deshacer la devastación que hemos desatado sobre el mundo natural. Donde vivo, en el Cabo de Buena Esperanza, tengo el privilegio de estar rodeado de naturaleza, pero estamos lidiando con la contaminación y una cantidad cada vez menor de mariscos, peces, aves rapaces e insectos. A nivel mundial, nos encontramos en un punto de inflexión con una disminución estimada del 69 por ciento en las poblaciones de fauna.

Cuando considero la vasta red de criaturas vivientes en la Tierra, queda claro que “salvar el planeta” es el objetivo equivocado. A menos que la Tierra sea destruida por un asteroide o sufra algún evento catastrófico similar, el planeta podría durar varios miles de millones de años. Pero sin la biosfera que nos permite comer y respirar, la humanidad no podría sobrevivir.

La pregunta que deberíamos hacernos es qué causó el precipitado aumento en la pérdida de especies y qué podemos hacer para revertirlo. Para mí, todo empezó cuando nos desconectamos de nuestros orígenes silvestres. Si bien las revoluciones agrícolas y tecnológicas han permitido un tremendo crecimiento demográfico e innovación, también han inculcado la creencia de que podemos controlar la naturaleza, que nuestro planeta es un recurso infinito a ser explotado para nuestro avance, comodidad y entretenimiento.

Hoy el 56 por ciento de la población mundial vive en áreas urbanas, porcentaje que se espera aumente a casi el 70 por ciento para el 2050. Eso significa que más de la mitad de nosotros está aislado de recordatorios de que todavía somos parte de la naturaleza y dependemos completamente de su salud. Es sólo cuando sucede algo realmente devastador, como la reciente inundación en Dubai, que recordamos que incluso los máximos avances humanos pueden quedar paralizados por el poder de la naturaleza.

No estoy haciendo un llamado a que dejemos atrás todas las comodidades modernas, sólo suplicando que conozcamos mejor la naturaleza, en lugar de intentar “salvarla”.

Esto lo hacemos primero protegiendo los puntos críticos de biodiversidad y restaurando los ecosistemas degradados; el enorme poder regenerativo que veo todos los días en la naturaleza es lo que me da esperanza para el futuro. También significa aprender y apoyar a los pueblos indígenas, que protegen el 80 por ciento de la biodiversidad del mundo y que, durante milenios, han desarrollado muchas formas innovadoras de vivir con la tierra y el mar.

Es necesario detener de inmediato las actividades que causan destrucción a largo plazo, como la minería a cielo abierto, la minería en aguas profundas y la pesca de arrastre industrial. Debemos seguir buscando alternativas a los combustibles fósiles e impulsar una reducción mundial en la producción y el uso de plásticos.

Pero cada uno de nosotros también tiene un papel que desempeñar; comienza retándonos a nosotros mismos a reconectar con la naturaleza. Gran parte de nuestro mundo moderno parece diseñado para domarnos: embotar nuestras mentes, separarnos del mundo natural, convencernos de que lo que nos ayudará a sobrevivir es un mayor consumo.

Al igual que mis amigos pulpos, llenamos nuestras casas de cosas nuevas y brillantes. Pero nuestros montones de cosas son mucho más grandes y su costo de adquisición mucho mayor.

Cuando dedicamos aunque sea unos cuantos minutos al día a observar criaturas salvajes en sus propios términos, en sus propios hogares —independientemente de dónde vivamos— nos conectamos con el concepto de biodiversidad no sólo a nivel intelectual sino también a nivel emocional. Vemos el mundo de manera diferente —y a nosotros mismos también.

© 2024 The New York Times Company

Tags:

Notas Relacionadas