VERDAD. “La Policía sabe la verdad -me dijo el Comisario-; sabemos lo que pasó ese día”.
“Hay un gringo detenido”.
“Ese es otro cuento, Carmilla... La verdad va a sorprender a muchos. Pero, ¿o es por Angie Peña por quien le pedí esta reunión? Es por un caso que la DPI resolvió con verdadero profesionalismo. Porque, tengo que decirlo, los muchachos de investigaciones son excelentes detectives, y las mujeres son especialistas haciendo su trabajo. Y, por supuesto, aunque la cabeza esté podrida, en la DPI todos estamos comprometidos en la investigación criminal.
“¿Para eso nos reunimos?”.
“¡No! Por supuesto que no; es para contarle el caso de Carla. Un día salió de su casa a las diez de la mañana. Los guardias de la colonia registraron su salida y las cámaras la grabaron manejando su propio vehículo, una camioneta Mercedes Benz del año, regalo de aniversario de bodas del esposo. Este es un hombre serio, agradable, dedicado a sus negocios, aportante de políticos de todos los partidos, y que se casó con ella después de enviudar de su primera esposa, con la que tuvo cuatro hijos, ya grandes, casados y que trabajan con él en sus empresas. Aunque no es un hombre viejo; tiene cincuenta y cinco años y viene de una familia adinerada desde hace generaciones. Carla, su nueva esposa, tenía cuarenta años cuando se casó con él. Administradora de empresas, bonita, hermosa, divorciada y sin hijos de su primer matrimonio. A los cuarenta y un años, tuvo a Munir, el hijo de don Sebas. A los cuarenta y dos, era más feliz que nunca. Todo lo tenía, su esposo la amaba, sus hijastros la estimaban, y tenía un hijo. ¿Qué más podía pedir? Pero, desde aquel día en que salió a las diez de la mañana de su colonia, no se le volvió a ver. El esposo denunció su desaparición a las seis de la tarde. Dijo que no contestaba el teléfono y que ella no se había comunicado ni una sola vez ese día. La última llamada que hizo fue a un número que empezamos a investigar, y la llamada duró solo veintisiete segundos. El GPS del Mercedes lo ubicó en un centro comercial. Allí estaba el celular, apagado. Revisamos las cámaras, y ella se bajó del vehículo, entró al mall, bebió un café, se levantó, caminó hacia los baños, y nunca más salió”.
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“¿No salió? ¿La encontraron allí? ¿Qué le pasó?”.
“Revisamos las cámaras, vimos a las mujeres que entraban y salían y nos encontramos con algo genial. Carla entró; después de ella entró una mujer gorda, vestida con poca elegancia. A los siete minutos, salió esta mujer. Después, unos tres minutos más tarde, salieron dos. Una era delgada, no muy alta, y vestía ropa deportiva, era pelo largo, anteojos oscuros y botines; llevaba una gran bolsa, como llevan muchas mujeres. Hasta aquí, no encontramos nada que valiera la pena”.
“Pero, usted dijo que vieron algo genial”.
“Y ya se va a dar cuenta por qué digo esto”.
TAXI
El comisario bebió un poco de su café y agregó:
“La mujer gorda salió del mall con naturalidad, tal y como entró, porque la seguimos desde que las primeras cámaras la captaron. Llegó a la calle, contrató un taxi y se fue. Hasta aquí, no nos hubiera importado nada de esto. Todo empezó a enredarse cuando encontramos el Mercedes Benz abandonado, el celular apagado y buscamos a Carla hasta que se quedó en el baño. Todo era un misterio. ¿Cómo es posible que las cámaras no la grabaran saliendo del baño? ¿Cómo no la siguieron caminando en el mall? Y, ¿por qué dejó su celular en el carro, que también abandonó?”.
“Revisaron el baño”.
“¿Qué podíamos encontrar después de veinticuatro horas? Nada. Las aseadoras dijeron que no encontraron nada extraño. Lo común. Llevamos a los muchachos de Dactiloscopia, pero las aseadoras son muy pulcras, y siempre limpian todo; las huellas que hallamos eran nuevas, y no sirvieron de nada”.
“¿Y el taxi?”.
“A eso vamos”.
“Seguramente era del punto de taxis del mall. Teníamos el número y la placa. Nos dijeron que ese taxi no era de ese punto. Les presentamos el video de seguridad y los taxistas dijeron que allí se estacionan algunos compañeros, y que recogen carreras; o los llama un cliente y los espera allí. Y, cuando encontramos el taxi, buscando en los registros el número, nos llevamos la sorpresa de que no era un Corolla, como el que teníamos grabado, si no, un Hyundai; y este Hyundai tenía tres días de estar en el taller”.
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“Bonito misterio”.
“Muy bonito. Por eso le pedí que lo escriba para EL HERALDO y para que la población conozca mejor a la DPI”.
Trajeron el desayuno.
“¿Cómo clonaron aquel número? -preguntó el oficial-. ¿Alguien sabía que el taxi real estaba en el taller? ¿Qué relación tenía con este taller y con el taxi real la persona que preparó el Corolla? O, ¿fue pura casualidad? ¿Ya estaba clonado el número, como pasa muchas veces?”.
“Ajá”.
“Seguimos al Corolla, dio vueltas y vueltas, hasta que se perdió más allá de la salida al norte, donde no hay cámaras. Revisamos las cámaras de más adelante, pero el taxi no pasó. Se detuvo en alguna parte, y allí, se esfumó. No regresó a la ciudad”.“Vaya que sí es un excelente
misterio”.“En el video de las cámaras de seguridad que dan a la calle, teníamos la imagen del chofer del taxi...”“Eso le iba a preguntar”.“Fue uno de los primeros detalles que buscamos, seguros de que nos ayudaría a seguir una pista, un indicio, algo... Pero, el chofer andaba gorra, barba negra tupida, usaba anteojos y llevaba puesta una mascarilla negra; vestía una chumpa gruesa negra también, y, al acercar las imágenes, vimos que en el tablero del carro, cerca del timón, tenía una estatuita muy pequeña del Chavo del Ocho. Y en el rin trasero de la derecha tenía un golpe. Un rin de aluminio de estrella pulido. Un golpe como de llave de ruedas o de piedra, pequeño, pero que de algo debía servir. Tenía llantas nuevas y solo llevaba el número en la puerta de atrás. Y, por supuesto, no estaba polarizado”.“Extraño”.
“No, extraño no. Bien pensado, porque los taxis polarizados los detiene la Policía”.
“¿En los otros videos se ve a la mujer en el taxi?”.
“Nunca se bajó. Iba atrás”.
EL ESPOSO
Quince días después de la desaparición le entregaron el Mercedes al esposo de Carla, pero dejaron el celular para investigarlo.
“¿Qué encontraron?”.
“Pues, una sola cosa, entre las llamadas normales que hacía la señora. La llamada de veintisiete segundos a un número. Una sola llamada a ese
número. Fue, como si se le hubiera
olvidado”.
“¿Por qué?”.
“Porque cuando investigamos el número ese encontramos más de trescientas llamadas en siete meses. Buscamos al dueño y nos encontramos con otra sorpresa. No era hombre, era una mujer. Seguimos investigando y nos dimos cuenta quién era la dueña. Una señora que se llamaba Ofelia y que tenía un año de muerta”.
“¿Qué?”.
“Por allí vamos”.
“Era el teléfono de la señora”.
“No, doña Ofelia nunca tuvo ese número”.
“¿No?”
“No, alguien compró el chip con la identidad de la señora, tres meses después de que la enterraron”.
“¿Algún pariente?”.
“Eso creímos, pero no. Nos dijeron que doña Ofelia había perdido la identidad un día que regresaba del Centro de Cáncer, de hacerse su tratamiento para el cáncer de estómago. Tenía setenta y seis años. No supo nunca donde dejó su monedero con sus
papeles”.
“Buen enredo”.
“Muy bueno”.
“Entonces, ¿pudieron ubicar los lugares donde se recibieron y desde donde se hicieron las llamadas a ese número, supuestamente, de doña
Ofelia?”.
“Hay un dato interesante. El esposo es un hombre rico, muy rico, y poderoso. Exigió discreción y hasta nos pidieron que el expediente fuera el más secreto de todos, como si no existiera. Llevábamos tres días de investigación, y nada más teníamos pequeños datos. Y sí, encontramos las llamadas y encontramos el número desde el que las hacían. Y como el chip de doña Ofelia, aquel número era de una mujer de Danlí, de unos sesenta años a la que le robaron todo en un bus, junto a otros pasajeros. Pero, por supuesto, los delincuentes creen que la Policía es tonta. Se equivocan. En la DPI no hay tontos. No. Ya que teníamos que investigar, fuimos a la compañía de telefonía celular. Los chips, los dos, los vendió una vendedora ambulante en la quinta avenida de Comayagüela, cerca del Instituto Hibueras. Desde allí pidió que los activaran. Envió las identidades y el trámite fue normal. Cuando hablamos con ella nos dijo que no recordaba bien a quién le había vendido los chips. Vendía bastantes en la calle y no recordaba a las personas que le compraban. Pero, había algo bueno en esto. Cuando ella les tomó las fotos a las identidades, la cámara del teléfono captó algo más que la tarjeta y la mano de la muchacha, captó una parte de la puerta del carro del interior. Era de asientos de cuero. Ella ni siquiera se había fijado en ese detalle. A ella lo que le interesa es vender. Y vimos algo más. En la manecilla de la puerta. Un llavín con código, como el de una caja fuerte. Hicimos muchas comparaciones, hasta que encontramos que el carro era una Ford Explorer. Lo malo de esto fue que, aunque hay cámaras en esa zona de los comercios, digo, los dueños borran los videos viejos y no guardan nada en la nube. Pero nos fuimos al 911 a buscar en los videos de archivo una Ford Explorer en esa ruta el día en que compraron los chips. Más de alguna cámara del 911 debía estar funcionando por esa avenida, y antes, ya que la camioneta debió llegar por alguna parte. Aunque solo teníamos la manecilla, un poco del interior de cuero y el color rojo ocre; algo teníamos que hacer con eso”.
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Terminamos el desayuno
“Pero, no coma ansias, Carmilla. Carla desapareció. Su teléfono y su carro estaban en el mall; entró al baño y no salió. La mujer gorda que iba detrás de ella no parecía nada interesante hasta que nos pusimos a ver a todas las mujeres que entraron y salieron del baño a esas horas. El taxi clonado, los chips, doña Ofelia muerta, la otra señora que perdió su identidad y que nos dijo que solicitó una reposición, los lugares de donde salían y entraban las llamadas en aquellos dos números y la llamada de veintisiete segundos del iPhone de Carla, seguramente, descuidada. Y, hasta aquí, todo era un enredo que nos entusiasmaba. Hasta que nos dijeron que dejáramos el caso, y que no siguiéramos adelante. Quisimos hablar con el esposo y no nos recibió; nos llamaron de muy arriba y nos dijeron de todo. Pero, Carla, como Angie Peña, estaba desaparecida. Buscamos hablar con uno de los guardias de la colonia y hasta con una de las muchachas del servicio, y fue esta la que nos dijo que el señor estaba tranquilo, serio, renegón y que trataba mal al niño. Pero de ahí, nada. Le dimos una compensación, y, cuando quisimos hablar con ella nos dijo que se habían dado cuenta de que habló con nosotros y que la corrieron. Los guardias le habían dicho a alguien de la casa. Entonces le pedimos su ayuda, por si sabía algo”.