Hace varios años, estábamos en Comayagua con un grupo de visitantes extranjeros que habían venido por asuntos de trabajo y nos propusimos mostrarles los atractivos históricos de la antigua capital, cumpliendo ese ritual no escrito de todo anfitrión de delegaciones internacionales.
Cuando nos aprestábamos a caminar por la Plaza Central, un hombre joven se percató de nuestra presencia en el lugar. Simpático y elocuente, evitó el cliché de dirigirse a nosotros mascullando el “spanglish” con que se suele fastidiar al turista y nos preguntó si era nuestra primera visita a la ciudad. Lo natural hubiera sido sentirse desconfiados ante aquel joven delgado y trigueño que se nos acercó de pronto, sin embargo, el resquemor desapareció al escuchar su cordial “bienvenida a la antigua capital de Honduras”.
Atraídos por la imponente catedral, caminamos hacia su atrio mientras nuestro improbable guía nos explicaba generalidades sobre la edificación. Hablaba con genuino orgullo, como si él mismo hubiera participado en el diseño y construcción de la iglesia. Conocía fechas, detalles sobre la fachada, el campanario existente (y el que finalmente no se construyó), materiales y pormenores sobre la obra. Lamentablemente, los visitantes no podrían conocer su interior ya que era lunes y la catedral estaba cerrada.
Mientras admirábamos su antiguo reloj, no nos enteramos que nuestro acompañante se había alejado. A los pocos minutos, regresaba con una sonrisa cómplice, para contarnos que podríamos ingresar al edificio. Nuestros acompañantes intercambiaron miradas de asombro, conscientes del regalo que estaban a punto de recibir de aquel desconocido: habían llegado a Comayagua para participar en una reunión de trabajo y jamás imaginaron que podrían disfrutar los pocos minutos libres que tenían disponibles en la localidad.
Ya adentro, nuestro cicerone compartió todo lo que sabía sobre la iglesia y su riqueza artística. Entre los forasteros se encontraba un especialista en la época colonial latinoamericana, que no cesaba de hacerle preguntas, todas ellas contestadas sin ínfulas ni pedantería. El guía le explicaba sobre altares, retablos, pinturas, techos (y hasta lo que tenían antes las paredes ahora vacías), sin que faltaran anécdotas y silencios para que admiráramos cada detalle. Pudimos quedarnos más tiempo ahí, pero teníamos otro compromiso que cumplir en otro sitio. Sin perder la oportunidad, nuestro nuevo “amigo” se ofreció a acompañarnos “para que no nos perdiéramos” (y así lo hizo sin dudar).
El orden y la pulcritud destacan a primera vista cuando uno arriba a Comayagua. La restauración de sus antiguas edificaciones y la eficiente administración municipal hacen de ella una ciudad ejemplar en el país. Todo esto valdría poco, si no fuera por gente como nuestro solícito guía, Hermes Banegas, empleado en ese entonces de la Alcaldía (y vecino del Barrio Abajo), quien nos demostró con creces el entrañable amor a su ciudad. Gente así es la que necesita Honduras.