Opinión

La ciudad y sus silencios

En los procesos de globalización y descentralización del poder político, el Estado está en primer orden, por la importancia al cumplimiento de reivindicaciones sociales, identidades y elementos de pertenencia; hoy la participación social se concentra cada vez más en el ámbito local; la ciudad, como unidad política está evolucionando para ser el eje transversal de las relaciones sociales y políticas es un espacio eficaz en la aplicación de planes estratégicos, pocas ciudades en Honduras, son ejemplo: Comayagua es una de ellas.

Partiendo del concepto político: la ciudad se define por su industrialización, metáfora de la modernidad, la movilidad social y la concentración de la diversidad sociocultural: “El hombre sabe que la ciudad no es un aglomeramiento de seres. Que las ciudades no responden únicamente a las pulsaciones con que los enfrenta el sistema. Que el espíritu supera la materia, haciendo que una piedra pulida se convierta en una interrogante, que puede ser el detonante, por donde partirán posteriormente inspiraciones que gravitarán sobre nuestras enormes decisiones...”, escribió Irma Leticia de Oyuela.

Hoy diferentes fenómenos provocan la desnaturalización de los habitantes a sus territorios y redes sociales tradicionales, desubicados entre la local y lo global; la ciudad se transforma en espacio no identificable.

La ciudad como producto del principio de nación, refleja los problemas de la sociedad, se construye o se reimagina con el desarrollo de los agentes tradicionales de socialización: la iglesia, la escuela y la familia, hoy aparecen nuevas formas de interacción y afiliación social, menos duraderas, más puntuales, múltiples y sin territorio común; la noción del ser colectivo se reemplaza gradualmente por un concepto del sujeto individual y flexible que circula por redes espontáneas y minoritarias, de grupos aislados con dinámicas propias. Se fragmenta la colectividad, la identidad y se conforma la multiculturalidad de la ciudadanía.

Los fenómenos culturales acumulados en la ciudad son procesos innovadores de gran potencial creativo, el reto consiste en acompañar cada uno de ellos y apreciar los elementos culturales –aunque fragmentados-- como riqueza urbana. Está celebración de la multiculturalidad contrasta, con la visión de afincar la identidad, tanto con referencias tradicionales y con las nuevas formas; allí se valora la cultura, como activo permanente de la sociedad. La exclusión de la ciudad (su centro histórico) de proyectos fundamentales relacionados con el patrimonio tangible e intangible y circuitos de animación cultural provoca el aislamiento, produciendo una cultura frágil e individuos adaptados al miedo y a formar grupos restringidos (los del barrio El Centro, Buenos Aires, La Hoya, por ejemplo) excluyentes, ajenos y marginales frente al otro.

La ciudad de Tegucigalpa atesora una historia fragmentada, desde 1578, de identidades humanas productivas, desde “los antiguos mineros, anónimos que levantaron al azar las primeras casas” (Pompeyo del Valle, Ciudad con Dragones), los hacendados, los ganaderos, los terratenientes, casatenientes, entre otros; toda una tipificación de grupos sociales que desarrollan un proceso de modernidad; entendida como el conjunto de cambios internos en la historia específica de cada país; son diferentes actores los que participan en un tejido de patrones culturales y mestizaje.

En definición se afirma: sin ciudadanía no hay ciudad y sin colectividad no hay ciudadanía, la fragmentación e individualización en la sociedad urbana pone en duda la posibilidad de que se construya ciudadanía: el individuo con derechos y deberes, que actúa de forma igualitaria (de ley), en el sentido administrativo (usuario) y en la noción económica (consumidor). A esto se agrega la identificación territorial (antes poblados indígenas y cabildos de españoles entre otros), hoy son residentes del barrio, la colonia o una comunidad virtual; pero ni el ciudadano vecino ni el ciudadano global son suficientes para construir ciudadanía. Un concepto clave del discurso político de ciudadanía es la igualdad de derechos, y como nadie (ni el Estado ni el Municipio) quieren o pueden encargarse de las desigualdades; entonces, el ciudadano es reemplazado por el usuario o cliente de servicios públicos, y a medida, que la ciudad se convierte en mercancía el usuario o consumidor se fortalecen en la ciudad y sus servicios.

La crisis de representatividad política crea un vacío en la mediación entre los ciudadanos y el poder; entonces es llevado por los medios de comunicación, los nuevos mediadores que nadie eligió; no son representativos, pero gozan de una tremenda ”credibilidad en la población”, su tarea informativa se amplió a la abogacía e interactividad: vía teléfono, internet o redes sociales entre otros, el ciudadano puede participar en encuestas o presentar sus quejas al político en la pantalla y de esta manera sentirse parte del debate y del poder públicos.

Los medios construyen el escenario de un diálogo imaginario mediático, privatizando e individualizando el espacio público. Este servicio a domicilio de entregar el debate y supuestas posibilidades de participación, desde el hogar, reduce la necesidad de información e intercambios en el espacio público. Es cierto que los medios no nos dicen qué pensar; sino sobre qué pensar, su impacto del entorno es indiscutible.

La ciudad, con sus condominios fortalezas, los centros comerciales de alta vigilancia y los bulevares reemplazan los puntos de encuentro; ofrecen un anonimato, pulverizan el espacio público, ¿el espacio público está desapareciendo?; lo público se reconstruye bajo nuevos desafíos y nuevas redes; se evidencia la importancia de la comunicación, instrumento y producto social, que puede, implicar las más distintas intenciones, sobre el diálogo y el empoderamiento de los actores sociales.

Frente al potencial del ciudadano y su espacio, conviene reflexionar sobre, el estratégico papel de los medios de comunicación y la revitalización de la ciudad. Ellos están insertos en el imaginario de la realidad, pero cabe preguntarse: ¿Reflejan y quieren reflejar esta pluralidad multicultural urbana?, ¿Quiénes acceden al medio gobernado por los ratings y ventas? ¿Cuántos habitantes de la ciudad acceden a la interacción mediática?

El gobierno tiene el potencial de manejar la conflictividad urbana; una estrategia de comunicación es clave del gobierno local, las experiencias convencen y muestran que la caja de herramientas de la cual se dispone, es mucho más grande y variable que el spot de TV o la cuña radial; el dialogar y negociar con los distintos actores sociales para socializar reglas de uso común; reducir los índices de violencia e intolerancia urbana, promover y revitalizar espacios públicos entre otros. Aunque no hay que ilusionarse con el poder pacificador de estas medidas frente a la tremenda desigualdad social que se concentra en las ciudades.

En Tegucigalpa, la historia de la movilidad social, traza un norte de discusión: la tienda de abarrotería, iniciada a inicios del siglo XIX, deja de ser un lugar de habitación para transformarse exclusivamente en un espacio de servicio; la expansión de la ciudad hacia la periferia acentúa todavía más la oposición entre vivienda y empleo; la moderna división del trabajo impone otro tipo de concentración del espacio en la ciudad.

Con los procesos de cambio en la sociedad urbana podemos llegar tanto a celebrar la diversidad como asustarnos de ella; la ciudad tiene su imaginario (atravesándola desde el condominio, vía bulevar al centro comercial y viceversa) y sus actores no dejan de tener un rostro de clase; en la ciudad han existido y siguen existiendo colectivos o sectores que no fueron escogidos voluntariamente, y que tampoco son transitorios; en la historia de la exclusión social aparece una élite que decide sobre quiénes son sus aliados y sus beneficiarios…

La ciudad es el referente histórico del país, este año cumple 436 años, de relaciones sociales y de escenarios políticos, con especial dinámica, emblemática para todos sus habitantes, pese a las diferencias con los demás países de Centroamérica. Allí los actores urbanos, son producto independiente de los imaginarios del entorno, y es necesario reconocer, que el espacio público es cambiante y, el tejido social urbano es tan vital, como hace cuatrocientos años: hoy es tiempo de ser ciudadanos sustantivos para Tegucigalpa.

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