En otras publicaciones me he referido al tema de las elecciones, pero como la problemática referida a los procesos electorales persiste como una expresión histórica arraigada por factores políticos y culturales de larga data, se vuelve necesario abordarlo de manera sistémica, toda vez que se practican elecciones que dejan más dudas que certezas. Una democracia que no supera la calidad de los electos ni fortalece la condición ciudadana es porque ha perdido el sentido de su propia dinámica. En el caso de Honduras, la democracia electoral y las condiciones de vida de la población caminan inversamente proporcional, eso explica por qué cada día que pasa hay más desafectos de la política y de los políticos.
En Honduras, en el surgimiento como nación independiente, hubo experiencias electorales de forma temprana, pero temprano se agotaron. El 10 de marzo de 1822, se escogieron los diputados que irían por Centroamérica al Congreso Federal Mexicano, cuando se declaró la independencia de Centroamérica de la Monarquía Española y su anexión al Imperio Mexicano. El segundo evento de esta naturaleza fue el 10 de mayo de 1823, para elegir los diputados que irían por Honduras a la Asamblea Constituyente Centroamericana en Ciudad de Guatemala. De esta asamblea surgió la Declaración de Independencia absoluta de Centroamérica el 1 de julio de 1823. Después vinieron experiencias de mucha inestabilidad en los procesos electorales.
En la historia política del país hubo momentos en que la población hondureña en 24 horas tenía un cambio hasta de dos presidentes. Con razón, el insigne escritor hondureño Rafael Heliodoro Valle, con sentimiento de dolor y frustración, decía que la historia de Honduras se escribía en una lágrima.
Durante la Reforma Liberal de Marco Aurelio Soto se celebraron elecciones en 1880, luego en elecciones en 1883 asumió un gobierno conservador que le abrió paso al bipartidismo, sin que pudieran establecer un régimen político electoral estable, con una propuesta que le diera un sentido democrático a la nación, con un desarrollo económico y social que hoy disfrutáramos, sin la pena de tener compatriotas viviendo en nuestro suelo como si estuviesen en tierra ajena.
Cuando el general Oswaldo López Arellano, quien dos años atrás había dado un golpe de Estado a Ramón Villeda Morales, quería legalizar y darle continuidad a su situación, promovió elecciones el 16 de febrero de 1965, en su propósito debería tener mayoría de diputados, eso solo lo podía tener en un proceso electoral amañado. Para hacerlo, López, impulsó un proceso electoral de intimidación y violencia contra los votantes adversos al régimen. Los soldados intervinieron descaradamente en las elecciones: asaltando urnas, deteniendo a los activistas de la oposición y sin permitir su participación en las urnas. Así surgió la frase conocida en el país y en otras partes, como “elecciones estilo Honduras”, cuestión que no ha cambiado mucho, excepto en las formas de practicar el fraude.