La crisis económica global, que ha empujado a grandes masas poblacionales de los países ricos hacia carencias hasta ahora sufridas solo en nuestro tercer mundo, también se presenta como una especial oportunidad no solo para reconsiderar el modelo económico imperante, sino para despertar la conciencia colectiva sobre la urgente necesidad de disminuir el ímpetu consumista que también está deteriorando aceleradamente a nuestro planeta.
Si bien la mercadotecnia nacional e internacional, por medio de los tradicionales y los nuevos medios de comunicación que penetran hasta en los rincones más recónditos de la Tierra, insiste en presentar el bienestar humano y hasta la felicidad misma como un producto de la capacidad de compra de cada individuo, las imágenes de desempleo, de pobreza, de miseria, de desalojos, de abandono, de gobiernos arrodillados, de pánico hacia el futuro que nos llegan desde Grecia, desde España, desde Italia, desde toda Europa, y también desde Estados Unidos, son elocuentes, aleccionadoras: tan solo vivían en una burbuja artificial que ya fue pinchada por la aguja de la realidad.
Por otro lado, solo para poner un ejemplo, los altos precios y la creciente demanda actual de petróleo y energía, con todo el deterioro ambiental que implica su extracción, procesamiento, transporte, uso o generación, se elevaría a niveles insoportables para la estabilidad ecológica de la Tierra si toda la población mundial alcanzara el rango de consumo tradicional de los estadounidenses y los ricos de los demás países del mundo.
Y es que hay una realidad incuestionable: los recursos de la Tierra no son infinitos. Por eso, el control de la natalidad en los países subdesarrollados (los desarrollados hace tiempos lo hacen) es también un imperativo categórico.
Pero lo que más puede interesarnos como individuos es que, más allá de idealismos religiosos, filosóficos, políticos o mero conformismo que intenta justificar las carencias o calmar las iras y decepciones contra el sistema, cada vez más evidentes y ruidosas, es que ponerle fin al desenfrenado consumismo no solo es saludable para el bolsillo sino también para la salud física, psíquica y emocional.
Como de todo lo malo, dependiendo de la actitud de cada quien, puede sacarse provecho, quizás el más importante que la humanidad podría obtener de la crisis actual es cambiar el patrón consumista y egoísta por uno más respetuoso con los recursos y la biodiversidad entera del planeta y, por supuesto, más solidario con los demás seres humanos.