Por: Roni Caryn Rabin/ The New York Times
En una granja de 120 hectáreas en Wisconsin viven algunos cerdos mimados.
Nacen por cesárea para protegerlos de los virus que las cerdas pueden transmitir, y son alimentados con biberón por la misma razón. Se les mantiene bajo luces de calentamiento y son monitoreados durante los primeros días de sus vidas y reciben juguetes y malvaviscos como golosinas. Pero no pueden salir a jugar en la tierra como otros cerdos.
Estos cerdos en miniatura son clones, modificados genéticamente para tener riñones, corazones e hígados más compatibles con el cuerpo humano. Forman parte de un audaz experimento para hacer realidad el sueño centenario del xenotrasplante —la transferencia de órganos animales a humanos.
El éxito podría redituar riquezas a las dos compañías de biotecnología líderes en este espacio, eGenesis, con sede en Massachusetts, y Revivicor, con sede en Virginia, propiedad de United Therapeutics Corporation. La demanda de órganos es enorme.
Más de 100 mil estadounidenses están en listas de espera para recibir órganos de donadores, en su mayoría riñones. Solo 25 mil riñones humanos están disponibles cada año. Cada día muere un promedio de 12 estadounidenses en la lista de espera para recibir un riñón.

Los científicos primero trasplantaron órganos de cerdo modificados genéticamente a otros animales y luego a humanos con muerte cerebral. En el 2022, recibieron autorización para trasplantar los órganos a algunos pacientes críticos y, el año pasado, a personas más sanas. Se está iniciando un estudio clínico del procedimiento.
“Imagina que tienes una enfermedad renal y sabes que tus riñones van a fallar, y tienes un riñón de cerdo esperándote —y nunca ves diálisis”, dijo Mike Curtis, director ejecutivo de eGenesis.
Pero los detractores dicen que el xenotrasplante es una maniobra arrogante, y la escasez de órganos tiene una solución sencilla: ampliar la donación humana. Los cerdos pueden ser portadores de patógenos que pueden llegar a los humanos.
Pero muchos pacientes con insuficiencia orgánica, conectados a una máquina de diálisis cuatro horas cada dos días, ven en estos cerdos la esperanza de volver a la vida normal.
Los científicos eligieron órganos de cerdos modificados genéticamente, en lugar de chimpancés o babuinos, porque los cerdos son más fáciles de criar y maduran en seis meses, y el tamaño de sus órganos es compatible con el de los humanos.
En el 2021, con el consentimiento de las familias, investigadores trasplantaron riñones de cerdo a pacientes con muerte cerebral que se mantenían conectados a respiradores. Dos cirujanos lo intentaron. Uno de ellos fue Robert Montgomery, cirujano en NYU Langone en Nueva York, quien está vivo gracias a un trasplante de corazón. La segunda fue Jayme Locke, entonces en la Universidad de Alabama, en Birmingham, quien estudió con Montgomery. Poco después de que los riñones de cerdo se implantaran en los pacientes con muerte cerebral, los órganos comenzaron a funcionar —produjeron orina y eliminaron de la sangre un desecho llamado creatinina.
A principios del 2022, un paciente en Maryland se convirtió en el primer humano en recibir un corazón extraído de un cerdo modificado genéticamente, producido por Revivicor. A David Bennett, de 57 años, se le habían agotado las opciones de tratamiento y no se le permitió entrar en la lista de espera para un corazón de donante humano. El corazón de cerdo comenzó a latir tras su implantación, y el cuerpo de Bennett no lo rechazó de inmediato. Pero su sistema inmunológico finalmente generó una respuesta, y falleció unos dos meses después.
En septiembre del 2023, otro hombre de Maryland con una enfermedad terminal recibió un corazón de cerdo. Lawrence Faucette, de 58 años, sobrevivió sólo seis semanas, pero su esposa, Ann, dijo no arrepentirse.
“Es como estar en medio del mar y tener la opción de quedarte ahí para que te coman los tiburones o que te rescaten piratas, y así al menos tienes una oportunidad”, dijo Faucette.
En noviembre, Towana Looney, de 53 años y originaria de Alabama, estaba en su silla de diálisis cuando recibió una llamada de Locke diciéndole que un riñón de cerdo la esperaba en Nueva York.
El nuevo riñón le cambió la vida. Ya no necesitó diálisis. Su presión arterial se normalizó, sus náuseas disminuyeron y su apetito volvió a la normalidad. Fue la primera paciente en llegar a los tres meses y voló a casa el mes pasado.
“La diálisis me agotaba tanto que sentía que tenía que luchar por vivir”, dijo Looney. “Ahora mi voz es fuerte, mi energía es fuerte, sueno diferente —es ganar-ganar”.
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