Opinión

Desde que la humanidad existe sobre la faz de la Tierra, además de las preocupaciones cotidianas por la subsistencia material, en medio ambientes hostiles, ha buscado tanto el entender y dominar las fuerzas naturales como organizarse socialmente, comprendiendo que en soledad la sobrevivencia es prácticamente imposible.

Por ello busca la integración grupal y de afinidades e identificaciones recíprocas con sus semejantes. De esa interacción surge la necesidad de comunicarse afectivamente con otra persona con la que surgen mutuas atracciones, tanto sexuales como emotivas. Así surgieron los sentimientos del amor y la amistad que influyen poderosamente en la conducta y el comportamiento, sublimizando los impulsos meramente reproductivos, para perpetuar la especie, pero también para desarrollar un sentido de trascendencia, de espiritualidad.

Pero el amor y la amistad, así como surgen, también pueden extinguirse, desembocando, tarde o temprano, en apatía, indiferencia, rutina. Por ello deben ser permanentemente alimentados, reforzados, nutridos mediante la honestidad, el mutuo respeto, comprensión, capacidad de dar, recibir y perdonar, en una constante retroalimentación.

También la tolerancia debe estar presente en la vida cotidiana, en ambas direcciones; a efecto de respetar la diversidad de opiniones, criterios, gustos, sin pretender imponer los propios en detrimento de los ajenos.

La mutua confianza es necesaria para desterrar infundios y malentendidos y alcanzar la necesaria madurez emocional, a la que se llega cuando damos sin esperar recompensa, desinteresada y totalmente.

Tanto literatos, músicos como filósofos, han buscado desentrañar los misterios y complejidades de estos lazos afectivos, en el proceso exaltándolos y celebrándolos en prosa y verso, en melodías y elucubraciones, ya que comprenden que la existencia se hace llevadera cuando se comparte con otra persona las diarias dificultades, retos y desafíos.

Si un amor o una amistad entran en conflicto, se debe intentar reparar el daño perpetrado, el que puede ser reversible o bien irreversible. Si se da la primera situación y se logra superarla, la relación puede fortalecerse; caso contrario, debe dejarse atrás el pasado para iniciar otra búsqueda, otra oportunidad, otra circunstancia vital.

Y así, sin claudicar, manteniendo la ilusión viva, iniciamos un nuevo ciclo afectivo, en pos de la elusiva felicidad y alegría de vivir, aquí y ahora.