Mientras el presidente norteamericano, Donald Trump, ha dinamitado en apenas semanas la herencia atlántica que garantizaba la seguridad occidental y se apresta a permitir la cesión del 20% del territorio ucraniano a Rusia, Putin intensifica sus ataques contra las ciudades de Ucrania, como Kiev y Odesa, y avanza en su ofensiva en Kursk y Donetsk, pese a los altos costes en vidas humanas.
Por lo pronto, la posibilidad de que Ucrania ingresara en la OTAN ha sido la primera de las grandes concesiones de Trump a Putin, aunque realmente no hubo nunca un gran interés en dicha inclusión por parte de la misma OTAN y la anterior administración norteamericana, pero ahora queda totalmente descartada sin ningún atisbo de esperanza para Kiev.
De la misma forma y casi en la misma dirección, el actual inquilino de la Casa Blanca ha mostrado abiertamente su desprecio hacia la OTAN y hacia los socios europeos que integran la misma. También ha colocado sus relaciones con Canadá, uno de los pilares y fundadores de la Alianza Atlántica, al borde del abismo con su no reconocimiento como Estado de este país en una suerte de acceso de locura.
Así, de pronto, el artículo 5 del Tratado de Washington, que fundamentó la estructura atlántica y, por ende, la defensa occidental, ha perdido su valor disuasivo y, como recordaba el analista Lluís Bassets, “la propia OTAN ha entrado en una crisis existencial que la inhabilita para apoyar a las fuerzas europeas en la vigilancia del alto el fuego” en Ucrania.
Trump ya no cuenta con la Unión Europea (UE) en sus planes, a la que le ha negado protagonismo y un rol en unas negociaciones con Rusia para resolver la guerra impuesta a Ucrania, sino que trata de humillarla en una suerte de venganza meditada concienzudamente y con el único fin de liderar el mundo mano a mano con Rusia sin contar con otros actores. Si Europa no le interesa a Trump, mucho menos Ucrania y su soberanía territorial e independencia.
Estas peligrosos movimientos, que se ven jaleados por su corte de aduladores, entre los que destacan Elon Musk -que ha llegado sugerir que los Estados Unidos deberían abandonar las Naciones Unidas y la OTAN-, el vicepresidente J.D.Vance y Marco Rubio, se ven acompañados por las maniobras rusas para dilatar un alto el fuego y buscar una verdadera salida negociada y diplomática a la guerra con su vecino ocupado.
Mientras más tiempo se dilate la guerra sin enfadar a su nuevo aliado, Putin mantiene a su régimen sin fisuras ni disidencias, controlando todos los movimientos del Kremlin y manteniendo a raya a sus colaboradores.
La guerra se ha convertido en una verdadera obsesión para el líder ruso, en el epicentro en torno al cual gira la vida política en este país y la justificación de la misma en un dogma de fe que nadie pone en duda porque quien lo hace corre el riesgo de acabar sus días en una remota mazmorra siberiana.
Se firme o no se firme el alto el fuego entre Rusia y Ucrania y cuáles sean los tiempos para la aplicación del mismo, el objetivo final de Putin sigue siendo la destrucción de Ucrania y su capitulación total sin condiciones. El ex jefe de la administración presidencial de Putin, Vladislav Surkov, señalaba en unas recientes declaraciones al semanario francés L`Express que el propósito final de la guerra es “el aplastamiento militar de, o militar y diplomático, de Ucrania”.
Y agregaba: “Puede haber pausas en el camino, pero esta meta será alcanzada”.
Putin, que comparte esta misma idea y que siempre ha considerado a Ucrania como un Estado ficticio sin identidad, no concibe la posibilidad de que esta nación vuelva a recuperar algún día sus antiguas fronteras y mientras él siga siendo el líder máximo de Rusia nunca devolverá los cuatro departamentos ucranianos ahora anexados a su proyecto neoimperial. Y, por supuesto, menos la península de Crimea, su primer departamento arrebatado a Ucrania.
Sin embargo, que nadie se engañe porque esta paz americana que quizá está a punto de firmarse no traerá ni la paz, ni la estabilidad, ni la seguridad para nuestro continente, sino que es el comienzo de una nueva era incierta, plagada de enormes riesgos y me atrevería a decir que siniestra.