En el país, mucha gente se siente orgullosa de nuestro sistema de votación de lista abierta (desbloqueada) y preferencial. Lo llaman “democrático”, porque el elector puede elegir entre todas las propuestas de los diferentes partidos y, si desea, puede “cruzar” su voto para asignar “marcas” a candidatos a diputaciones de una u otra organización política.
En 2005 se consideraba esta forma de seleccionar a los miembros del Congreso Nacional como una de las grandes innovaciones y “avances” del proceso electoral y era normal que se percibiera así.
Ya hemos explicado que, hasta antes de esa elección, se votaba por la planilla que presentaba cada partido debajo de su bandera. La distribución proporcional de diputaciones por cada distrito departamental para cada organización se determinaba por la cantidad de votos obtenida en la elección.
Dominado por el partido Nacional y Liberal, el reparto se daba principalmente entre estas dos agrupaciones, mientras que los denominados “partidos emergentes” o nuevos, lograban colarse en el Poder Legislativo gracias a la normativa electoral que garantizaba representación de las minorías por el sistema de cocientes y hasta de residuos.
La nueva papeleta para aquella elección (2005) asustó a más de uno, pues en los departamentos con mayor cantidad de diputados (arriba de 9 representantes), lucía como una “sábana”, atiborrada de banderas y fotografías.
Con el nuevo sistema de votación, los candidatos a diputados que obtenían más marcas dentro de su partido se posicionarían en los primeros lugares del listado (aunque en la elección primaria estuvieran en las posiciones de en medio o en las últimas), mientras aguardaban a que sus compañeros de fórmula aspirantes al Legislativo sumaran electores para lograr cuantas veces fuera posible el cociente que facilitaría a su partido obtener curules en esa circunscripción territorial.
La modalidad para lograr diputados no resultaba sencilla de entender para el votante, pues para ello primero debía conocer que cada departamento tiene un “cociente electoral” que resulta de dividir la cantidad de electores habilitados para votar entre el total de asientos en el Congreso de ese distrito.
No era extraño por ello que los pocos diputados que lograban los partidos pequeños tuvieran individualmente menos marcas que algunos más votados dentro de los partidos más grandes, pero lograran llegar al hemiciclo porque el total de marcas de sus colegas en el listado habían sumado suficientes marcas para el cociente partidario.
Al saber esto, la lucha por obtener marcas en los partidos tradicionales y ser el más votado se volvió una contienda a muerte que motivó a más de uno a inducir la alteración de marcas desde las mesas electorales, para subir ellos de posición o bajar a los contrarios en el reordenamiento de posición en sus partidos.
Es decir, incentivó la manipulación de datos en escrutinios, actas y consolidación de resultados. Y no solo eso, como seguiremos explicando. (Continuará).